Cuentos Hallados -Palabras de Alberto Manguel 2016

Somos una especie lectora. Entramos al mundo como se entra en un cuento, sin conocer los personajes ni el lugar en el que la historia sucede, metidos de bruces en argumentos que esperamos entender en las últimas páginas, y que al final, si el cuento es buena literatura, nunca llegaremos a entender del todo. Nos sentimos parte de una narración, como aquellos lectores de un pueblo de la sierra colombiana que se negaron a devolver la Ilíada, uno de los libros prestados por el biblio-burro, porque como le explicaron a la azorada bibliotecaria: "ésta es nuestra historia: vivir en medio de guerras incomprensibles, permitidas por dioses dementes y egoístas."

         Pertenecer a una especie de lectores innatos nos hace creer que todo lo que nos rodea es cuento: los paisajes, las acciones de los otros, el cielo constelado. Este impulso nos lleva a reconocer (o creer reconocer) cuentos en todo texto escrito: no sólo los relatos deliberadamente incluidos en edificios literarios más grandes --las parábolas de Cristo o las breves narraciones que jalonan el Quijote o Cien años de soledad-- sino también los "cuentos hallados" (para retomar la expresión de Marcel Duchamp de "objet trouvé" o "ready-made"), textos que se destacan, casi sin querer, de la narración principal.

         Quiero compartir con ustedes algunos de estos "cuentos hallados."        

         Hace ya varios años, mi suegro, que había sido soldado en el ejército inglés en el Japón, me regaló una pequeña antología de bolsillo que, bajo el título La mochila había editado Herbert Read, distinguido crítico y escritor hoy desgraciadamente olvidado. El libro había sido impreso por cuenta del Ministerio de Guerra británico para que fuera leído por los soldados: su intención anunciada, era “celebrar el genio de Marte”. Sin embargo, sorprendentemente, el tono de la antología era, por sobre todo, elegíaco y anti-belicoso. Creo recordar, entre los muchos textos, la descripción que hace Herodoto de la trágica batalla de Salamina, el elogio de Lawrence de Arabia de las huestes del desierto contra las que combatía, la arenga de Enrique V a sus soldados en el sitio de Harfleur, unos párrafos de Joinville contando la terrible cruzada de Egipto. Los méritos del coraje, la muerte honrosa, la obligación de luchar por la patria y otros lugares comunes estaban presentes en aquellas páginas, pero sobre todo los horrores de las masacres, las agonías de lo perdido, la arrogancia y torpeza de ciertos jefes. Una página de Montaigne, “Del castigo impuesto por defender un fuerte sin buen motivo”, decía lo siguiente: “Hay quienes tienen una opinión tan alta de sí mismos y de sus propios recursos, que piensan que es absurdo que se oponga a ellos.”  Montaigne tenía en mente no sólo a los políticos de su propia época.

         Uno de los textos más memorables de aquella memorable antología era aquel episodio del final de la Ilíada en el que Aquiles, el asesino de Héctor, a su vez asesino de Patroclo, el amado compañero de Aquiles, acepta recibir a Príamo, el padre de Héctor, quien viene a pedirle que le entregue el cadáver de su hijo para poder enterrarlo con honra. Es uno de los relatos más conmovedores y más poderosos de toda la literatura. De pronto, contra todas nuestras expectativas, no hay diferencias entre la víctima y el verdugo, el anciano y el joven, el padre y el hijo. Las palabras de Príamo hacen nacer en Aquiles "un ansia profunda de llorar a su propio padre" a quien vio por última vez hace tantos años en su lejana patria, y con gran ternura toma las arrugadas manos que el viejo Príamo ha tendido para asir las del asesino de su hijo, y se las lleva a los labios para besarlas. Y Príamo reconoce en Aquiles la figura de un joven esperanzado y vigoroso como había sido su hijo, y a los dos les saltan las lágrimas. En esta extraordinaria escena de reconciliación, la imagen presente y el recuerdo pasado se confunden y se hacen una. 

         Dice Homero:

         "... Y abrumado por el recuerdo,

         Los dos hombres se dejaron hundir en el dolor.

         Príamo lloró por su hijo Héctor, asesino de otros hombres,

         Mientras temblaba, arrodillado ante los pies de Aquiles,

         Y Aquiles también lloraba

         Primero por su propio padre, y después por Patroclo,

         Y los sollozos de los dos resonaron en las salas del palacio."

         Por fin, Aquiles le dice a Príamo que ambos deben acallar en sus corazones sus respectivas penas, no para negar el dolor ni olvidar a sus seres queridos ultrajados, si no por respeto a esos muertos y para dar esperanza a los vivos. Aquí Homero confirma la afirmación de García Márquez: "Sólo la poesía es clarividente."

         Esta clarividencia la ilustra otro "cuento hallado", esta vez en el Ajax de Sófocles. La diosa guerrera Atenea quiere alegrar a su protegido Ulises con la noticia de que su enemigo, Ajax, yace muerto de forma atroz. Ulises la escucha y le contesta: “El malvado es sin duda mi enemigo, y sin embargo no puedo sino compadecerlo al verlo así agobiado por la desventura. Y pienso más en mi propia suerte que en la suya, pues veo que somos, todos nosotros que vivimos en esta tierra, nada más que idénticos fantasmas e idénticas sombras pasajeras.” Ulises no niega la crueldad de la guerra, no niega la enemistad que los llevó a la lucha, pero tampoco se regocija ante la desgracia del otro. Ser más compasivo que los dioses es una prerrogativa de los seres humanos.

         Quiero terminar con un tercer "cuento hallado." En la segunda parte del Quijote, el duque le dice a Sancho que, como gobernador de Barataria, deberá vestirse “parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy, tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.” Con estas palabras, el duque (dejando de lado por un momento a su infame condición de burlador del viejo y de su escudero) refuta no sólo la clásica dicotomía entre las armas y las letras, si no que define también las dos obligatorias vocaciones de todo gobernante, si por una entendemos acción y por la otra reflexión.

         Nuestros actos requieren la justificación de nuestras letras y nuestra literatura la inspiración de nuestros empeños. Actuar entonces (en la paz como en la guerra) es una extensión de nuestras lecturas, cuyas páginas contienen la posibilidad de experiencias vividas por otros, y puestas en palabras para poder guiarnos en las nuestras; al mismo tiempo, leer es reconocer que una combinación mágica de letras nos pueden brindar intuiciones del futuro incierto y lecciones del inmutable pasado. Esencialmente no cambiamos: somos los mismos monos erectos que hace unos cientos de miles de años descubrimos en una piedra o un trozo de madera instrumentos de batalla, mientras que asentábamos en la pared de la caverna bucólicas imágenes y las pacíficas palmas de nuestras manos. Somos como el joven Alejandro quien, por un lado, soñaba con sangrientas batallas para conquistar al mundo y, por otro, llevaba siempre consigo esa Ilíada que habla del sufrimiento engendrado por la guerra y de la nostalgia de Ítaca.

         Como los griegos, solemos dejarnos gobernar por dioses enfermos y torpes para quienes la muerte es siempre algo sin importancia porque es ajena, y en libro tras libro tratamos de dar forma a la convicción profunda de que no debiera ser así. En la Ilíada se cuenta como Príamo odiaba a Aquiles porque Aquiles mató a Héctor y cómo Aquiles odiaba a Héctor porque Héctor mató a Patroclo y cómo Héctor odiaba a Patroclo porque Patroclo mató a decenas de troyanos. Pero también cuenta cómo, cuando estuvieron el uno frente al otro, pudieron reconocer que por sobre su odio había otra verdad, más profunda y más fuerte. Todos nuestros actos (aún los amorosos) son violentos, y todas nuestras artes (aún las que describen esos actos) contradicen esa violencia. Y nosotros, pobres humanos, existimos en la tensión entre esos dos estados.

         Esto es, en resumen, lo que todos nuestros cuentos cuentan.

Alberto Manguel

Cambridge, 26 octubre 2016