Aquellos años, García Márquez y el Cuento.

(Palabras de Cristina Fernández Cubas, en la primera entrega del Premio Hispanoamericano de Cuento)

Buenos días

     Vengo de Barcelona, de una ciudad a orillas del Mediterráneo con la que Gabriel García Márquez mantuvo una relación intensa. Apareció a finales de los sesenta, se  instaló allí con su familia y se integró completamente en  nuestra vida. Era fácil verlo en casas de amigos, en la pastelería Foix de Sarria, en la Sala Boccaccio o en el paseo de Calafell, frente al mar,  conversando con el también desaparecido  y muy querido Carlos  Barral.   Aquellos años fueron un lujo. Vargas Llosa, García Márquez, José Donoso… Grandes autores a  los que pronto se unirían un inquieto  Pitol que venía de China y un  fugitivo Edwards con una obra prohibida,  Persona non grata, a sus espaldas. Barcelona se había convertido en un punto de encuentro. Y a su llamada acudieron también jóvenes escritores, chicos y chicas que querían ser escritores, traductores, amigos de amigos,  amantes de los viajes y de los buenos libros…Nunca las dos orillas habían estado tan cercanas ni nunca como entonces disfrutaría yo – y tantos como yo- del sabor de los acentos y de las palabras. Un auténtico festival, un día a día en el  que registré  voces nuevas, recuperé otras que creía moribundas u olvidadas y, sin embargo, regresaban de pronto,  en plena forma, desde el otro lado del charco, llenas de vida; aprendí a nombrar flores y frutos que desconocía, manjares y bebidas que nunca había probado, y también a mantenerme en guardia, por si acaso, ante términos o expresiones que en mi tierra querían decir una cosa y  en algunos lugares de América, otra muy distinta.

     De aquella Barcelona que conoció García Márquez, de aquel festivo intercambio, queda hoy, además del recuerdo, un breve itinerario callejero para amantes de mitos con parada obligatoria en  los lugares en los que vivió el escritor  o  visitó con frecuencia. Y poco más. Las ciudades  cambian –parece ley de vida- , muchos de esos lugares ya no existen, y el propio autor, a principios de los noventa, conocerá en carne propia los espejismos de la memoria y las trampas del recuerdo. En aquel entonces, como nos cuenta él mismo en el prólogo a sus Doce cuentos peregrinos,  decide recorrer distintos lugares de Europa donde ha situado sus últimos relatos aún por publicar   y poner a prueba  la fidelidad de sus recuerdos. Pero ni Barcelona ni Ginebra ni París ni Roma son ya  las mismas. “Los recuerdos reales”, nos dice, “me parecían fantasmas de la memoria, mientras los recuerdos falsos eran tan convincentes que habían suplantado la realidad”. García Márquez, con todo, sabe sacar partido de esa mezcla de desilusión y nostalgia, y encuentra por fin la tan codiciada “perspectiva en el tiempo”, lo que le permite reescribir los doce cuentos  y brindarnos  de paso uno de sus más útiles consejos literarios.

      Doce cuentos peregrinos es uno de mis títulos favoritos. El libro que suelo recomendar a  todos  quienes se interesan por el  género “cuento” y también –y con mayor razón-- a aquellos que le niegan carta de naturaleza. Porque el cuento, cosa sabida, no goza de la misma aceptación en todas partes, ni tampoco del mismo respeto A veces, incluso, en casos extremos, cuentistas y lectores tienen  la sensación de pertenecer a una secta, una singular hermandad de iniciados protegida por infatigables estudiosos dispuestos a desenvainar la espada a la menor ocasión en defensa del género. Aunque ¿quién lo ataca? Nadie, que yo sepa. Por lo menos abiertamente. Se trata, a lo sumo, de un silencio, de un “pasar por alto”, de situar el  cuento en un lugar  más que discreto de unas hipotéticas estanterías. Y sin embargo ¡cuántas veces se rompe este silencio! A los novelistas se les pregunta por sus novelas. A los cuentistas por el cuento. Algo enigmático e insondable debe de tener el género para que haya dado lugar a tantas y tantas páginas sobre sí  mismo.  Y en los intentos de aproximación, en  las numerosas “poéticas” -que, otra curiosidad, además de a los poetas, únicamente se nos pide a los cuentistas - encontramos una serie de premisas en la que casi todos los autores estamos de acuerdo. Hablamos así de esfericidad, del valor de la  mirada, de la importancia de “lo que no se dice”, de concisión, de intensidad, de economía, de equilibrio,  o de que, posiblemente y a la postre, un buen relato es el que va más allá de la palabra “Fin” y  persigue al lector hasta mucho después de haberlo concluido. Pero ahí empieza y acaba la concordia. Porque hay más. Y en esas tentativas de aproximación siempre asoma algo que, de repente, nos aleja. No sabemos lo que es. ¿Y para que saberlo? Tal vez en eso estribe la esencia secreta de un buen cuento. Un soplo, un aleteo, una presencia ausente que  felizmente se resiste a ser encasillada. O quizás, recuperando  palabras de García Márquez,  simplemente “un misterio más en un género misterioso por naturaleza.”

        Y ya para acabar y antes de proceder a la lectura del acta del jurado solo me queda expresar EL HONOR QUE HA SIGNIFICADO PARA MÍ formar parte de la primera edición del Concurso Gabriel García Márquez de libros de cuentos. Un honor doble. Por la admiración que siempre he profesado al gran autor colombiano y porque el premio que hoy se concede vaya destinado precisamente a mi gran pasión: el cuento.

 Y ahora sí acabo.

Gracias