El Cuento por Alberto Manguel

No sabemos en qué momento el cuentista supo que lo que contaba era un género literario. Lo cierto es que en alguna tarde de nuestra historia el cuento se diferenció del poema, de la novela y del ensayo, y emergió como un género literario distinto para que los profesores universitarios tuvieran algo de qué ocuparse.

Sin embargo, más allá de tales divisiones burocráticas, hay una cierta verdad en la noción de géneros literarios. El lector, todo lector, intuye que el cuento no es novela, y que una diferencia que puede medirse (pero no definirse) por el número de páginas y por una singularidad de propósito, distingue uno del otro. Borges alguna vez dijo que escribía cuentos porque escribir una novela le parecía una exageración. Detrás de la broma, se oculta una certeza literaria: la novela expande la narración, el cuento la concentra. Los mini-relatos de Augusto Monterroso no pueden ser leídos como mini-novelas; el equivalente de esa parodia es, para la novela, la casi interminable Comedia humana de Balzac.

El cuento retiene en su nombre castellano sus orígenes sin duda orales, calidad que preservan aún hoy los narradores populares de las plazas de mercado en Marruecos, Brasil, Gabón. La escritura, que todo lo formaliza (quizás porque nace como un instrumento de contabilidad, para sumar o restar cabezas de ganado) empieza desde temprano a dar al cuento artificios estilísticos y estrategias narrativas que se hacen muy pronto convencionales. Definiéndose como fábula, parábola, anécdota, chiste, moraleja, relato erótico, histórico, psicológico, filosófico, o de terror, el cuento adquiere, según su categoría, rasgos particulares que, ni bien reconocidos, los escritores se empeñan en cambiar. Así las historias de fantasmas ("viejas como el miedo" decía Adolfo Bioy Casares) al principio, en Mesopotamia y Egipto por ejemplo, debieron su eficacidad a la mera aparición de un muerto; luego, al muerto transformado en otras cosas: en un esqueleto en Roma, en una sombra en la Italia de Boccaccio, en un zorro en China y Japón; finalmente, con los grandes autores del siglo diecinueve, el fantasma se reduce a una ausencia, a algo invisible y al mismo tiempo horriblemente real. Cambios similares pueden rastrearse en las otras categorías del cuento, donde en cada generación son propuestas nuevas maneras de contar a las cuales, invariablemente, el lector rápidamente se acostumbra. Ya en el siglo dieciocho, los lectores de cuentos eran tan diestros en el arte de seguir las maniobras del autor, que Diderot se vio obligado a destruir estas expectativas con un cuento que (imitando al futuro Magritte) intituló "Esto no es un cuento."

El cuento es quizás el más conservador de todos los géneros. A lo largo de los siglos, cambia de estilo y de tono, exalta o rechaza el impacto del final o del comienzo, troca la posición del narrador y del lector, pregona una voluntad fantástica o documentaria, pero no altera, en términos generales, su identidad de texto concentrado. Si bien pueden encontrarse ejemplos de cuentos que escapan al modelo tradicional (pienso en "El joven intrépido en trapecio volante" de William Saroyan, "En el bosque" de Akutagawa, "Pierre Menard, autor del Quijote" de Borges, "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo" de García Márquez) la mayor parte de los cuentos siguen el consejo del Rey en Alicia en el País de las Maravillas, "Comienza en el comienzo y sigue hasta llegar al final; allí te paras." Casi no existen cuentos de estructura tan libre como el Tristram Shandy de Lawrence Sterne, Si una noche de invierno un viajero... de Calvino, o Memorias póstumas de Bras Cubas de Machado de Assis. Y autores como James Joyce y Julio Cortázar, que tan brutalmente transformaron la novela, escribieron cuentos exquisitamente clásicos cuya originalidad se halla en la voz y la temática, no en la forma del cuento.

Por absurdas razones comerciales, los editores han decretado que los cuentos no se venden. No se venden, nos dicen con una mano sobre su corazoncito, Poe, Kipling, Chejov, Katherine Mansfield, Maupassant, Ernest Hemingway, Dino Buzzati, Juan Rulfo, Silvina Ocampo, Isak Dinesen, Alice Munro. Sin embargo, impávidos ante estos Jeremías, más que nunca los escritores siguen escribiendo cuentos y los lectores siguen leyéndolos. Tal vez porque, en su clásica y modesta precisión, el cuento nos permite concebir la insoportable complejidad del mundo como una íntima y breve epifanía.

En este mundo mercantil que es el nuestro juzgamos las cosas por su tamaño: una torre de cien pisos nos parece más importante que una pequeña casa colonial, una publicidad mural más valiosa que una miniatura persa, una novela de mil páginas más admirable que un cuento de diez. Cuando le ofrecieron a William James, el psicólogo hermano del novelista, una estatuilla del filósofo Locke, James exclamó: "Cualquiera puede tener una estatua; pero una estatuilla -- he ahí la inmortalidad."

Hoy celebramos el arte de la estatuilla.

Alberto Manguel